Una invitación a llevar el teatro a las escuelas.
Una obra en una escuela primaria tiene un valor inmenso por sí sola. No necesita grandes justificaciones: una historia clara, actuada con esmero, puede brindar a niñas y niños un encuentro genuino con la cultura, lleno de magia y significado.
Para lograrlo, no hay caminos cortos, pero sí hay formas de hacerlo posible. Si estudiantes desean compartir funciones en escuelas, la universidad podría acompañarlos con una formación sólida y cercana: explorar la voz y el cuerpo, profundizar en la lectura y el análisis de textos, trabajar el ritmo y la presencia escénica, cultivar una ética de cuidado hacia el público infantil, elegir un repertorio adecuado, ensayar con compromiso y coordinarse con cada escuela. Con este apoyo, las presentaciones ganan fuerza y sentido; sin él, podrían quedarse en buenas intenciones.
En la UAN hay talento de sobra para intentarlo, pero falta encaminarlo. Una idea sería crear un espacio estable que dé orden y rumbo: una convocatoria abierta, mentores que guíen, un plan de trabajo claro por periodos, criterios técnicos sencillos y un registro de cada función. Un colectivo estudiantil dedicado al teatro, con disciplina y acompañamiento, podría hacer esto realidad.
La meta a corto plazo podría ser llevar funciones breves, fáciles de entender, con escenografía sencilla y textos que conecten, ya sea en un aula, un patio o una biblioteca. A largo plazo, el propósito debería ser cuidar a la audiencia y honrar el arte del teatro, incluso en formatos pequeños.
Si la universidad decide explorar esta idea, valdría la pena hacerlo con los estudiantes de educación media superior. El resultado puede ser prometedor: funciones bien preparadas que las comunidades escolares reciban con entusiasmo y quieran repetir. Con eso, el camino ya estaría trazado.


